Gijón: donde el Cantábrico dicta el ritmo del amor
Gijón es una ciudad honesta. No pretende ser lo que no es, y precisamente por eso enamora. La mayor ciudad de Asturias combina la energía de un puerto pesquero vivo con la elegancia de su Playa de San Lorenzo —casi dos kilómetros de arena dorada frente al Cantábrico— y la calidez de un Cimavilla histórico que sube en terrazas hasta el cabo, como si quisiera ver el horizonte mejor.
El barrio de Cimavilla es el alma romántica de Gijón. Calles estrechas, casas de colores, pescadores que arreglan sus redes y bares diminutos donde la sidra se escancia con una pericia que parece un arte marcial. Subid hasta el Parque del Cerro de Santa Catalina, donde la escultura de Chillida «Elogio del Horizonte» os esperará ante el mar abierto con una presencia que silencia cualquier conversación superficial.
El Paseo Marítimo que bordea la playa de San Lorenzo es el espacio romántico por excelencia de la ciudad. De noche, con las farolas reflejándose en la arena mojada y el sonido constante del oleaje, tiene una atmósfera cinematográfica difícil de olvidar. Es el paseo que convierte una velada ordinaria en un recuerdo permanente.
La gastronomía gijonesa merece una dedicación especial. Las sidrerías del barrio pesquero sirven mariscos y pescados del día con una sencillez que es en sí misma un lujo. El centollo, el oriciu (erizo de mar), los berberechos al vapor… Cada bocado es un argumento sólido para quedarse un día más. Completad la experiencia con una cena más formal en alguno de los restaurantes del barrio de La Arena, donde la cocina asturiana de autor ha encontrado su espacio.
Para los amantes de la cultura, el Museo del Pueblo de Asturias y el Acuario de Gijón son visitas que combinan bien en un mismo día. Pero quizás el plan más memorable sea simplemente alquilar dos bicicletas y recorrer la costa en dirección a Candás o hacia el interior verde de Asturias. El paisaje lo justifica todo.
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